La conversación en ausencia.

(Pensar, atar cabos, asociar, todo en silencio)

Hace un par de días que estoy en Pinamar.

Solo. Porque a eso vine: a estar solo.

Tener todo el tiempo la posibilidad de abrir la boca sólo para tomar un vino o mojar un pan en un huevo frito, permite lo que el título de esta nota propone: la conversación en ausencia.

Las escenas de muerte para un casi octogenario son parte de los lugares comunes. ¿quién no?

Pero en un mundo en el que se habla de muerte en todos los escenarios posibles cambia el paradigma de la ilusión permanente, el futuro, el deseo, la vida.

La idea de “fin” es diferente para los distintos sectores etarios. La muerte es un significante sin significado para la niñez, un fantasma para los adolescentes fácilmente eludible, una idea inevitable para la adultez y una fatalidad ineludible para la vejez.

Con más facilidad los creyentes, los partidarios de la fe, en fin, los que se aferran a una religión con la esperanza de una vida después de la vida. Para muchos esa residencia tiene territorialidad en el cielo, un lugar llamado paraíso o en el sótano de la Tierra: el Infierno.

En el tránsito de esta reflexión aparece la vida cotidiana.

La política como práctica de poder. La construcción de una vida cotidiana basada en el consumo que generalmente resulta insuficiente. En algunos estratos de sociedades hundidas en el desamparo la desesperación es comer y adaptarse a una vida urbana que muestra de mil maneras diferentes que “la zanahoria que cuelga del palo atado a la frente” nunca se alcanza por más que se corra detrás de ella.

Tengo que reconocer que cada vez más me desconcierta y abruma la DESIGUALDAD. Y lo que me desconcierta es la naturalidad con la cual esa misma sociedad la acepta.

Casi seguro que la agenda individual de cada uno y una difiere en base a segmentaciones múltiples. Para un octogenario es posible que el despegue de cada día comience al levantarse y finalice al apagar la luz de la lámpara que está en la mesita de luz.

Lo más difícil para un viejo – por lo menos para mí – es aceptar que la historia está por terminar. Pero resulta inevitable saber que la muerte existe y es para siempre. A veces envidio a los que tienen fe y creen que existe otra vida después de la vida.

Para los judíos la espera del juicio final es larga y debe resultar interminable. Ese temor a rendir cuentas es apaciguado por la norma por la cual dios perdona hasta el peor de los crímenes. No hay pecado original. Dios es terrible – como la venganza de Dolina – y somete a los paisanos a duras pruebas para ganarse el perdón. Pero por algo existe el día del perdón y con un mínimo sacrificio de ayuno se pagan desde crímenes, estafas e infidelidades.

Los cristianos la llevan más económica. La culpa, digo. A veces una confesión a tiempo se paga con “padres nuestros” y un poco de promesas de no repetir las “malas acciones”.

Fuera de la política y la religión otra cosa que nos ocupa bastante tiempo son las series de Netflix, Mubi y Amazon. A los pibes, la música, algunas redes sociales, la marihuana o alguna pastilla más dura. Ah…y la cerveza. No crean que es una crítica. Muy por el contrario, es una forma de envidia, aunque no creo que sea de la sana.

Otro tema muy evitado por los viejos es el sexo. (y por las viejas). El sexo ocupaba gran parte de mi vida diurna e inclusive de la onírica. Como dicen los libros de texto la libido no se extingue aunque lo que se pierde es la rigidez. De todas maneras debo confesar que existen diversas vías de acceder a una vida sexual en la vejez. A veces depende de la paciencia, otras veces de una adecuada medicación. Pero lo que más juega sin duda en contra es la memoria. Eso que fue y ya no volverá a ser.

Llegar a los ochenta y tener la mente en condiciones aceptables (sin entrar en detalles) juega en contra o al menos no favorece la posibilidad de entrar en “modo paz”. Por ejemplo, en mi caso, escribir y leer me generan unas vitaminas naturales auspiciosas, aunque reconozco que no son suficientes para eliminar un estado de “ira en suspenso”, de estado de “cabronaje geriátrico”.

No se si a algunos de ustedes les pasa, pero a mí, determinadas cosas que veo en la calle me producen un estallido de odio visceral. No soporto ver gente sin barbijo y peor aún una gran cantidad de hombres y mujeres de cualquier edad que lo llevan puesto debajo de la nariz, justo, sin tapar ese órgano que sobresale de nuestras caras y que es el que justamente contagia.

Como lo escribo a menudo, intento no pasar en estas notas de las 1000 palabras porque tengo estudiado que ese es el límite de lectura en Facebook. Cuantas más palabras más baja el promedio de la edad del lector o lectora.

Tengo la ilusión de recibir comentarios. ¿A ustedes que les pasa con esas conversaciones en ausencia? Digo, esos pensamientos o reflexiones que no se comparten y que uno cree que le pasa solamente a uno. O a una.

Salute a todos y todas y todes.

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