Gemelos

De la serie Relatos de Marcelo Cosin

Hernán y Sergio, gemelos, idénticos,  igual estatura, peso y fisonomía, vivieron y murieron como lo que fueron: gemelos.

Los abuelos por parte de padre, germanos. Por parte de madre, asturianos.

La familia Spilermann vivía en un pueblo perdido de la Patagonia, en la provincia de Santa Cruz, en el departamento Del Deseado, llamado Koluel Kaike.

Hernán y Sergio vistieron las mismas ropas, con los mismos colores y calzaron los mismos zapatos, de cuero marrón, de igual numeración, desde pequeños hasta que ambos, murieron.

La única que los distinguía era, Ana, la madre. El padre de los chicos tuvo pocas oportunidades de probar su capacidad de saber quién era uno y el otro.

Herman Spilermann recorría la Patagonia de este a oeste, desde Trelew a Esquel y de allí hasta Comodoro Rivadavia y ahí, de vuelta a Trelew. Este trayecto lo hacía en un viejo Ford en los años 40 , cuando los gemelos eran adolescentes y cada gira demoraba entre 45 y 60 días.

Don Herman llevaba en sus valijas desde peines, sábanas y lana de tejer, hasta pedidos especiales como cámaras Leica, lentes de aumento y servicios especiales como dentaduras postizas pedidas a medida. También servía de correo privado entre familias alemanas y suizas distribuidas en distintos pueblos pequeños del sur del país.

Los gemelos tenían una tarea que el padre les imponía como condición superlativa: estudiar inglés con la Miss Marguie.

La señorita Marguie era una de los 109 mujeres que vivían en Koluel Kaike. Nacida en Dublin y criada en Londres, llegó a la Patagonia en 1930 con sus abuelos y desde pocos años después, adaptada a las costumbres del viento y el frío muy parecidas a su ciudad natal, comenzó a trabajar como private teacher.

Los gemelos fueron sus alumnos desde antes inclusive de comenzar su educación en el único colegio primario del pueblo, Escuela Perito Moreno, Consejo escolar 1 de la Circunscripción segunda de Puerto Deseado.

Quizás, producto de esa infancia de fríos profundos y largos recorridos a pie, Hernán y Sergio nunca dejaron de usar, durante toda la vida,  gruesas medias de lana, de caña larga. También, era habitual que los dos, en invierno y verano, portaran zapatos con gruesas suelas de goma.

Cuando Ana, la mamá, murió cuando aún no había cumplido los cincuenta y dos años, don Herman decidió encontrarles a los mellizos un hogar sustituto en Buenos Aires para que supervisaran sus estudios secundarios y también se encargó de abrir a nombres de sus hijos sendas cuentas de ahorro para que, una vez mayores de edad, pudieran completar sus estudios en los Estado Unidos.

Herman Spilermann siguió sus rutinas en el sur, pero mudó su domicilio a una pequeña casa con jardín en el centro de la ciudad de Trelew. Al comienzo Herman escribía una carta por mes a sus hijos. Poco tiempo después, dejó de escribirles. Herman conoció en una de sus giras a Zulma, una mapuche que trabajaba en artesanías y con quien decidió unir su vida.

A Hernán y a Sergio no les extrañó la ausencia de su padre y la falta de correspondencia. Ambos mantenían una relación formal. Se saludaban formalmente, en inglés y se despedían, habitualmente estrechando sus diestras.

Ambos consiguieron becas particulares para seguir sus estudios terciarios en los Estados Unidos de Norte América.

Lo que no consiguieron, fue vivir en la misma casa. Uno fue a parar a Chicago, con el frío parecido al de Trelew, y el otro, Hernán, consiguió alojamiento en una casa de familia judía en el centro de Brooklyn , en el estado de Nueva York.

Ambos, escorpianos, de finales de octubre y con una misma parálisis facial, apenas notoria.

Hernán tuvo la habilidad de mentir cuando le asignaron como hogar el de los Finkelstein:

“Si, soy judío…me llamo Hernán Spilermann”. (“Yes, I’m jewish…etc).

A su vez, Sergio, fue más directo y sin necesidad de explicaciones: “Si, soy alemán, de familia alemana”.  Los Moore, irlandeses en fondo y forma, aceptaron complacidos, el origen de su pensionado.

Hernán y Sergio dejaron de escribirles a sus protectores urbanos poco tiempo después que se instalaran en los EEUU y ambos decidieron por distintos motivos, asumir una personalidad y estilo de vida propia de los  norteamericanos.

Tampoco Hernán y Sergio estaban en contacto permanente. Salvo los tradicionales llamados de navidad o año nuevo, los gemelos sabían poco uno del otro.

Quizás por eso y por los genes es que la sorpresa de ambos fue grande cuando al mismo tiempo y con enorme coincidencia, casi veinte años después, los gemelos coincidieron en Buenos Aires, alquilando en el mismo edificio de Plaza San Martín, departamentos gemelos, separados apenas por una pared, sin que ni uno ni otro lo hubieran calculado o programado.

Un día de septiembre, soleado y frío, salieron al mismo tiempo de sus respectivos departamentos de solteros, cerraron las puertas al mismo tiempo, con doble cerrojo y se enfrentaron, vestidos de la misma manera, como si cada uno entendiera por un instante que estaban frente a un espejo.

Pese a la enorme sorpresa,  ninguno de los dos manifestó, justamente eso: sorpresa.

Seguramente contenidos por su parecida o idéntica personalidad, reservada y fría, los hermanos se saludaron extendiendo cada uno su mano derecha.

Hernán asumió la responsabilidad de abrir la boca:

–        Sergio, ¿cómo estás?

–        Bien, Hernán. Muy bien. ¿And you?

–        Fine, brother, very fine.

Los gemelos se disculparon por la falta de tiempo para seguir hablando y quedaron en verse y tomar juntos un trago a las siete de la tarde del miércoles, en el bar de Alvear Hotel, dos días después del encuentro.

Hernán había conseguido un trabajo muy bien remunerado en una agencia internacional de publicidad. Era el ejecutivo de cuentas de General Electric y todos sus compañeros pensaban que Hernán era un norteamericano enviado por la sede central de la compañía. Hablaba, gesticulaba y vestía como un neoyorquino.

Sergio, como no podía ser de otra manera, también había conseguido un trabajo en una agencia internacional de publicidad, pero, en su caso, como director de arte.

Las casualidades o causalidades, valga el lugar común de los términos, no terminaban en tener oficios similares. Sergio y Hernán conservaban las costumbres de los ejecutivos de Chicago y de Nueva York. Sus camisas eran Oxford con cuellos de botones, sus corbatas eran finitas y a rayas oblicuas y sus sacos de tweed hacían juego con los pantalones  de franela gris.

La relación entre ambos no variaba.

El reencuentro había servido para que fijaran como día de encuentro los sábados para jugar al golf en el Campo Municipal, entre los 8 y las 11 de la mañana y luego almorzaban en el restaurante de Pampa y Av Figueroa Alcorta, a las 12.30.

Una noche de un sábado de noviembre, Hernán invitó a Sergio a una salida con su novia y la hermana de ella. Ambas eran mellizas: Nancy y Lory. Nietas de ingleses y padres argentinos, las dos hermanas mellizas entablaron relaciones formales de novios con los dos gemelos Spilermann.

El casamiento simultáneo de ambos hermanos con las dos hermanas se consumó en la iglesia San Nicolas de Bari, de la Avenida Santa Fé y Talcahuano.

Hernán y Sergio, uniformados con sus jaquets combinados de chaqueta negra y pantalones rayados, negros y blancos, y moño negro, esperaron al pie del altar a Nancy y Lory que llegaron acompañados de su padre, Hugo, cada una colgada de cada uno de sus brazos.

Con idéntico vestido de novia y peinados similares, las dos chicas, dejaron el respectivo brazo de su padre y se unieron a sus novios.

Por supuesto, el comentario generalizado de la concurrencia fue cómo era que cada uno de ellos reconocía a su pareja, ya que no sólo Hernán y Sergio eran idénticos, sino que Nancy y Lory se distinguían por un diminuto lunar que una de ellas tenía sobre el labio superior, que por otra parte, la más de las veces tapaba con maquillaje.

El padre Antonio, a cargo de la ceremonia, sin faltarle el sentido de humor, preguntó a los esponsales, a los cuatro, si estaban seguros de sus respectivas parejas.

Hernán y Nancy alquilaron un chalet con techo a dos aguas en Hurlingham y Sergio con su mujer, Lory, lo hicieron en Hurlingham, en una casa “melliza”, pegada a la de sus hermanos y cuñados, de tal manera que el dormitorio de Hernán y Nancy estaba separado por la pared medianera del cuarto aposento de Sergio y Lory. También, ambos baños principales, estaban separados por una pared y compartían caños y servicios, de tal manera que cuando uno usaba un inodoro, el hermano, vecino o cuñada se enteraban por el ruido.

Ninguna de las dos parejas tuvo hijos. Y si bien vivían pegados desde el punto de vista físico, sus relaciones se limitaban a almorzar los cuatro, después del golf, en el Hurlingham Golf Club, a las 13 horas en punto, cada sábado, puntualmente.

Llamaba la atención, pero era así la relación. Cuando Hernán y Sergio se encontraban, se saludaban dándose la mano derecha. A veces se veían, dos veces por día, coincidiendo la hora de salida y llegada de sus respectivas oficinas, y las dos veces se estrechaban las manos derechas.

Las amigas del club de Nancy y Lory se divertían mucho preguntando a ambas “cómo sabían que el que se acostaba en la cama con cada una de ellas era el que correspondía a la libreta matrimonial”.

Nancy, siempre más extrovertida que su hermana melliza Lory, asumía que era imposible saberlo.

“Tienen la misma voz, la misma entonación, las mismas manos, la misma nariz, los mismos ojos y etcétera agregaba entre risas”.

¿Por qué se visten de la misma manera?, preguntó una vez una amiga de ambas.

Tienen hasta los mismos calzoncillos, respondió Lory.

¿Y ustedes, dos, desde cuando se visten, maquillan y actúan de la misma manera?, preguntó otra.

Desde siempre, contestó Nancy. Y Agregó: suponiendo que yo sea Nancy y no Lory…¿verdad Nancy – preguntó Nancy a Lory – aumentando la confusión que tanto divertía y asombraba a los demás.

Un 31 de diciembre el presidente de la agencia de publicidad en la que trabajaba Hernán, anunció formalmente que se unían o fusionaban con la agencia internacional en la que trabajaba Sergio.

El dos de enero, Hernán le propuso a Sergio que viajaran desde Hurlingham hasta el centro de la ciudad en un solo automóvil.

Los dos Spilermann tenían el mismo modelo de auto y de la misma marca: dos Rambler IKA Cross Country.

El arreglo sólo duró una jornada. Hernán manejó hasta el centro pero durante todo el trayecto Sergio sufrió de ataques de pánico sucesivos producto de suponer que iban a chocar y se produciría un accidente fatal. Tal fue el evento que Sergio decidió viajar al centro de la ciudad en su propio Rambler IKA Cross Country.

Por lo tanto, a la misma hora y con el mismo rumbo ambos salían de sus casas mellizas, de sus garajes mellizos, con sus autos mellizos, despidiéndose de sus esposas mellizas, rumbo a un mismo destino: la agencia de publicidad en la que eran además de hermanos, gemelos, compañeros de trabajo.

El 2 de febrero ingresó a la agencia una nueva empleada, Norma González.

Norma era la encargada de coordinar las órdenes de trabajo que emanaban del departamento de Cuentas de la agencia, a cargo de Hernán Spilermann con las del departamento creativo que las ejecutaba, cuyo jefe Creativo era Sergio Spilermann.

Las secretarias de la agencia muy rápidamente pusieron al tanto a Norma de las particularidades de las dos personas que debería “coordinar”. Las bromas y chanzas que se hacían eran comunes y continuas. Sergio decidió dejarse unos ralos bigotes para diferenciarse de su hermano, pero, Hernán hizo lo propio poco tiempo después.

Muchas veces Norma le dejaba una orden de trabajo firmada por Hernán a Sergio y cuando se la entregaba en mano, una secretaria le avisaba que el que la recibía era el mismo que la había ordenado.

Los clientes de la agencia se divertían muchas veces con la broma habitual del cambio de identidades entre ambos mellizos. Pero, en otras circunstancias, algún cliente disconforme con el trabajo creativo protestaba ante Hernán que debía justificar a su hermano, pero sin saber realmente a quién le estaba dirigiendo la queja.

Más allá de las bromas y las confusiones, ambos Spilermann, eran considerados muy buenos empleados, eficientes y cumplidores. El inglés de ambos era casi originario y por ende cuando llegaban ejecutivos de la casa central eran los dos hermanos los indicados para manejar los asuntos internos de la agencia.

La fiesta de fin de año fue muy particular.

Entre copa y copa de champagne, Norma se encontró besando en la boca a uno de los hermanos.

En mitad del encuentro apasionado, Norma, un poco confusa por el alcohol, riendo y dejándose llevar, preguntó…”sos Hernán o Sergio”.

Nunca lo supo.

La relación continuó por mucho tiempo.

Todas las tardes a las 5.30 PM Norma González subía a una Rambler Cross Country verde, pero no sabía si era la camioneta de Hernán o la de Sergio.

Cuando intentó encontrar una diferencia entre ambos, una noche apasionada, mordió con suavidad pero con intención y con succión, el cuello de uno de los dos.

Al día siguiente, muy temprano, fue a la oficina de Hernán y le pidió que le mostrara el cuello. No había señales de ese mordisco. Entendió que la noche anterior había tenido relaciones sexuales con Sergio. Cuando le pidió a este que le mostrara el cuello, su sorpresa fue mayor al comprobar que no tenía señal alguna.

¿Cómo podía ser posible?

“No soy Sergio, soy Hernán”.

Norma González corrió a la oficina de Hernán, pero su secretaria le informó que ese día Hernán no había llegado aún.

“Estuve con él hace apenas un rato, le dijo Norma”.

“Debes haber estado con Sergio”, fue la respuesta.

Por supuesto toda la oficina sabía que Norma González era la amante de los gemelos. De los dos.

Pero los dos negaban la relación. Cada uno, a su vez, decía que seguramente era la amante del otro.

Poco a poco Norma González dejó de tener curiosidad por saber con cuál de los dos gemelos  se acostaba. Daba por hecho que era con los dos. Y también daba por seguro que los dos eran uno solo.

Antes de cumplir los sesenta años, unos días antes, uno de los dos gemelos, nadie sabía bien cuál de los dos, murió de un infarto de miocardio en la agencia, en uno de los pasillos.

Norma González fue la encargada de informar a una de las hermanas mellizas que uno de sus maridos había muerto.

Llamó a Nancy y le dijo que se había producido una desgracia pero no podía asegurarle que fuera Hernán, su marido.

Hizo lo mismo con Lory.

En el bar que estaba enfrente de la agencia, uno de los dos gemelos estaba tomando su tercer whisky. Norma González se acercó y le preguntó…¿sos Hernán o Sergio?.

“No lo sé, porque acabo de morir hace unos pocos minutos”

Hoy habla para ustedes, Raúl Alfonsín.

¡Cómo pasa el tiempo!

En unos días se cumplen 12 años de mi muerte. Pasaron volando.

Poco antes de morirme, me invitaron a la inauguración de mi propio busto en la Casa Rosada. No fue justamente un presidente radical sino una presidenta peronista. ¿Casualidad o consecuencia?

Fue el primero de octubre de 2008. Seis meses antes de estirar la pata. Fue mi último discurso en público y justamente desde la Casa de Gobierno. La Rosada.

Cuando descubrieron el busto me sorprendí. No me vi identificado. Parecía otro. Diría que parecía que estuviera muerto. Y la verdad es que estaba vivo. Y bien vivo. Aunque un poco clueco producto de ese cáncer de pulmón que siempre pensé que lo vencería.

Ese día dije que si por mí fuera no hubiera permitido ese homenaje en vida. Siempre pensé – y muchas veces lo dije – que había que seguir ideas, no hombres (hoy agregaría ni mujeres). Nunca me gustó ser autorreferencial. Eso dije, pero haciendo memoria y destapando momentos de la historia política tengo que reconocer que es casi imposible llevar adelante una utopía sin el sostén de una imagen personal, de un liderazgo del individuo, de una capacidad propia de seducción. ¿Eso quiere decir que me contradigo con lo que afirmé tantas veces? No. Rotundamente, no. Son complementos.

No me pidan coherencia ahora que ya no estoy entre ustedes. ¿De qué serviría? Por eso voy a alternar algunas ideas filosóficas con otras anécdotas de mi vida política y también de corregirme de algunas afirmaciones que en su momento fueron categóricas.

La unidad nacional.

Siempre fue mi obsesión. Claro que como todo concepto unívoco – como es el de unión nacional – requiere de interpretación. Durante la dictadura, que para mi gusto duró una eternidad, tuve más tiempo de leer y pensar. Todos saben que Erich Fromm fue un autor que me dio capacidad de reflexión no solo para la política sino para plantear preguntas acerca de la sociedad, el mundo, el amor. Pero sobre todo Fromm me permitió interrogarme acerca de la libertad, la democracia y el autoritarismo. Pero más importante aún es la antítesis que plantea Fromm: el odio.

Tengo absoluta certeza acerca de que la gran mayoría del pueblo tiene sentimientos y metas comunes.

Me fui de este mundo sabiendo que aún quedaban muchas cosas por hacer para constituir la unión nacional. Pude conmemorar medio siglo de presidente civiles y también dejar asentado que faltaba hacer en términos generales para asegurar los famosos cien año de democracia.

Dije en ese último discurso que “Democracia es vigencia de la libertad y los derechos pero también la existencia de igualdad de oportunidades y distribución equitativa de la riqueza, los beneficios y las cargas sociales, tenemos libertad, pero nos falta igualdad”[1]

Pasaron más de doce años y ya llevamos treinta y ocho años de gobiernos civiles. Casi seis años de mi presidencia (siempre recuerdo que fueron cinco año y nueves meses), diez de Menem, dos de de la Rúa, el año y cinco meses de Duhalde, los cuatro de Néstor Kirchner, los ocho de Cristina y los cuatro de Mauricio Macri, y transcurriendo los primeros dos de Alberto Fernández.

El indescifrable periodista Lanata inventó, promovió y aprovechó el concepto de grieta para definir la desunión del pueblo argentino. Escuché y leí cientos de versiones acerca de la grieta. Hay una interpretación que parece contundente: la grieta es entre los de arriba y los de abajo. Los de arriba son muy pocos pero tienen el dominio hegemónico de los medios de comunicación y también los de producción. Los de abajo son la mayoría, pero no tienen casi nada. Por eso, a doce años de mi último discurso en el que señalé que el problema mayor era la desigualdad sigue vigente y, según veo, se agravó durante la presidencia del representante de los de arriba, Mauricio Macri.

Desigualdad

Los últimos años de mi vida fueron tiempos de síntesis y reflexión, aunque nunca dejé de tener una participación en la política. Creo que la lucha entablada por años tratando de demostrar que sin una unión verdadera que rompiera con los egoísmos y las ambiciones personales iba a ser imposible conseguir un país más justo. Simplemente, un país sin desigualdad. O al menos un país que fuera disminuyendo el índice de desigualdad.

¿Qué felicidad pueden conseguir aquellos que acumulan riqueza a costa de la pobreza de los demás? Yo se bien que muchos pueden tildarme de inocente o de no entender la realidad del mundo cruel en el que vivimos.

“Democracia es vigencia de la libertad y los derechos pero también existencia de igualdad de oportunidades y distribución equitativa de la riqueza, los beneficios y las cargas sociales: tenemos libertad, pero nos falta igualdad” ( Discurso del 1° de octubre de 2008)

El “padre de la democracia” fue un atributo que nunca me gustó. Nadie me pidió permiso para usarlo. ¿Saben por qué? Porque de ser así sería el padre de un hijo rengo, de una hija coja. La democracia no es ganar elecciones, ni poder votar cada dos años, ni siquiera es solo el derecho a la libertad de expresión. Eso es el piso de la democracia y me he muerto con multimillonarios incapaces de dar una mano cuando la mayoría del pueblo sufre de falta de alimento.

“Gobernar es dar trabajo”, muy linda la frasecita,  pero cuando te juntás con los capitanes de la industria, con los banqueros extranjeros, con los dueños de los poderosos medios de comunicación, y les pedís que ganen menos y paguen mejores salarios porque eso significará a la corta más beneficios para ellos pero con mejor calidad de vida para el pueblo, te miran por arriba y cuando salen comentan entre ellos que uno es un comunista.

¿Promover el bienestar general? Eso recitaba en mis campañas electorales repitiendo el Preámbulo de la Constitución Nacional. ¿Cómo vas a promover el bienestar general si lo único que te interesa es ganar lo más posible con el mínimo de sacrificio?

La Patria de Magnetto

En mi época había un diario, Ámbito Financiero, dirigido por un tipo frío e inteligente, Julio Ramos, que se hizo millonario publicando en la tapa del diario el precio del dólar negro y la tasa de interés de los plazos fijos. En mi época eso se llamaba la Patria Financiera. También estaba la patria socialista, la patria peronista, pero nunca escuché hablar de la patria radical o la patria alfonsinista. Me cansé en los discursos de hablar de la Unión Nacional. Una vez me consiguieron una entrevista con Héctor Magnetto. Vino a Olivos. La condición que puso era sin grabadores, ni micrófonos, ni terceros. Le dije a todo que sí. Le pregunté si quería café, té o agua. Me dijo que no quería nada. La reunión duró menos de diez minutos. Volví a preguntarle: ¿quería saber que quieren en Clarín para dejar de atacarnos, ofendernos y denigrarnos? Contestó: libertad de prensa. Le dije que eso lo tenían desde el mismo día que asumí la presidencia y que era notorio que así era. Entonces – dijo – eso es suficiente. Se levantó de la silla, me saludo y se fue. Cuando Terragno fue a La Rioja a verlo a Menem, que era el presidente electo, ¿saben con quién lo encontró? : Con Magnetto. Estaban arreglando como le iba a dar Canal 13. Comenzaba la era de la patria neoliberal.

La democracia y los virus.

¿Qué hubiera hecho yo desde la presidencia si me hubiera tocado una pandemia como la que está viviendo el mundo? ¿De qué lado me encontrarían? Voy a traer un recuerdo histórico que no fue un virus pero sí un momento dramático para la reciente democracia que estábamos tratando de construir.

Semana Santa de 1987. Hace treinta y cuatro años. Pese a nuestros históricos desacuerdos la cúpula y el pueblo peronista estaba a nuestro lado para defender no solo la democracia. Estábamos juntos porque reconocíamos un enemigo común: la dictadura y el autoritarismo. Las fotos lo dicen todo. La presencia de Antonio Cafiero en el balcón de la Casa de Gobierno y otros importantes dirigentes del justicialismo.

Frente a la pandemia no hubiera imaginado otro escenario que ese.

Tengo una gran desilusión. (y no es la única). Se privilegian las menudencias electorales, las pequeñeces de poder frente a la vida de los ciudadanos (y ahora diría y de las ciudadanas).

Parece ser que el mundo avanza hacia la derecha y si eso es así habrá muchas otras pandemias, y de todo tipo.

Futuro cercano.

Desde el fondo de los tiempos, justamente, el tiempo es lo de menos. No hay futuro, pero si hay memoria. Quisiera dejar, mirando mi propia memoria, algunas ideas básicas que por otro lado están en mis discursos, mi pensamiento y en el diálogo con mis compañeros de ruta.

No hay unión sin que se dejen de lado la mezquindad.

No hay democracia sin igualdad.

No hay política sin ética de la solidaridad.

Son tres principios que he repetido en mis sesenta años de político. Y debería agregar que no hay mundo posible sin política. Por eso siempre pude darme cuenta que los que querían minimizar la política en el fondo lo que querían era esclavizarnos. La no política es un principio de las dictaduras.

En un nuevo aniversario de mi muerte les deseo a todos comprensión por los que menos tienen. Nada más que eso. Eso sería suficiente.


[1] Discurso pronunciado el 1°de octubre de 2008 en ocasión del acto que celebró la inclusión de su escultura en el salón de bustos de la casa de gobierno.