Los ’60

Relatos con retraso.

Los ’60 Una generación en blanco y negro.

La librería de Jorge Álvarez, en Libertad y Lavalle. El Lorraine y la librería Fausto, en la avenida Corrientes. El chocolate con churros de La Giralda, a la tres de la matina. La Paz, en Paraná y Corrientes, en la mesa de David Viñas, Piri Lugones y el colorado Ramos. La librería del viejo Palumbo, con olor a libro viejo y a Imparciales Negros sin filtro. Un café de parado en el Sorocabana de Talcahuano esquina Corrientes. El cineArte, una porción de fugazzeta en Guerrín, una caminata hasta Ángel Gallardo, donde termina Almagro y empieza Villa Crespo. Los ’60.

O si no, el Florida Garden, en la mesa que atendía César, con Federico Peralta Ramos, Jorge Schussheim, el turco Asís, Ronald Shakespeare y el salpicón de ave con salsa golf. El Di Tella, al lado de la Galería del Este, con Nacha Guevara, Roberto Plate, Villanueva y Alfredo Arias. La disquería El Agujerito, la librería de Casares, a la que iba Borges, cuando cruzaba de su departamento en Maipú y Marcelo T de Alvear hasta la galería

Después de las doce la noche pasar por La Academia, jugarse unos dados, tomarse un café en vaso chico, una Bols, otra Bols y caminar hasta el Social de Sarmiento y Callao. Encontrarse con el tarta Barraza, con Germán Rozenmacher y el rengo Sofovich. Caminar hasta la Avenida de Mayo, entrar a ver si hay alguien en el Tortoni, seguir hasta los 36 Billares y a la vuelta comerse un pescado en el Hispano con una jarra de Manzanilla y una nata de postre.

Los sábados a la noche del Plus Ultra de Corrientes y Canning (Scalabrini Ortiz) con Daniel Schargorodsky, Pupi Rotblat, el turco Alberto, Tito Maglio, Hugo Schargo, el ruso Morris y contar como te fue con las minas, como anduvo el levante y fumarse unos Jockey Club con cafecito después de comerte un “milonga”, un tostado de pan francés sin corteza, con doble mayonesa, salame cargado y queso.

Los 60 con música de Los Plateros para chapar, Angelito Vargas para milonguear, Louis Armstrong para escuchar y Los Fronterizos para estar en la onda del folklore.

En los 60 estudiaba abogacía y rendía materias una detrás de otra hasta que me tocaron las codificadas (Procesales, Comercial y Contratos) y me di cuenta que a mí lo que me gustaba era escribir y no aprenderme leyes de memoria. Por eso me hice periodista, izquierdista, neoperonista, casi frondicista, pero sobre todo me hice un muchacho “intelectual”. Comparaba y robaba muchos libros, me dio un crédito Don Marcos de la librería Fray Mocho de Sarmiento y Callao, afanaba en Fausto y leía poemas, Primera Plana, Propósitos de Barletta y descubría a Jack Keruak (El Ángel Subterráneo, En el Camino) y también los libros de James Bond. Comparaba El Escarabajo, El Grillo de Papel y frecuentaba a La Cueva de Pueyrredón y Santa Fe para escuchar a Sandro y los de Fuego.

Los ’60 fueron mágicos. Una mezcla de The Beatles con Falú, el Di Tella con la Nuvelle Vague, el amor libre con el ácido lisérgico de la Clínica de Fontana, las pilchas con Villa Gesell y el periodismo con la publicidad.

Por eso, cuando pienso que pasaron 60 años y yo tenía 20 y no como ahora 80 me avivo que no hay máquina del tiempo. Apenas hay, tiempo. Esto sigue, mientras pueda,