FicciónNews El amor por la patria es puro Cuento.

No puedo dormir, le dijo Eduardo (Duhalde) a Chiche (Hilda Beatriz Gonzáles de Duhalde). Hacete una leche con miel, contesto la petisa mientras se daba vuelta en la cama y se tapaba con el acolchado hasta la cabeza. Es que no puedo dormir porque tengo pesadillas, Pipi. Chiche odia que el Negro la llame Pipi. El Negro se levanta de la cama a oscuras, se calza las pantuflas escocesas rojas y negras, las que él dice que le dan suerte para ganar elecciones, y eludiendo la banqueta larga que está al pie de la cama, abre la puerta del baño, enciende la luz, se mira al espejo y sonríe.

Una aclaración. El baño en suite del matrimonio Duhalde está especialmente acondicionado. Sí, especialmente. El lavabo o pileta no está a la altura normal de 1.10 metros y el espejo siguiendo esa altura también está debajo de lo normal. El Negro mide 1.56 y Chiche 1.49. Si no hubieran acondicionado los artefactos a sus alturas tendrían serios inconvenientes para mirarse, peinarse o afeitarse.

Bueno, el Negro se mira al espejo, sonríe como siempre con la boca torcida a la izquierda, se pasa la manito regordeta por el pelo, abre la canilla de agua caliente, se lava las manos con un jabón neutro, abre el botiquín que está debajo de la pileta, encuentra el Rivotril de 2 miligramos, se lo lleva a la boca, esa boca de labios finitos, se pone la pastilla rosadita en la mitad de la lengua, agarra el vaso que está sobre la repisa, lo llena hasta la mitad de agua de la canilla, y se engulle el psicofármaco.

Al rato nomás, el Negro está durmiendo.

El Negro sueña que está en un cuarto muy oscuro. Él está parado en su cuna, agarrado de los barrotes, llora, grita y patalea. Sueña que es un nenito, pero se sueña a sí mismo como un nenito que tiene la cabeza, la cara, de un adulto. Es el mismo, nenito, pero con su cara de ahora, de un señor de cabeza grande – como todo el mundo sabe -pero de cuerpo de dos añitos, o quizás de tres añitos. Nadie acude a ayudarlo, a tranquilizarlo, a tomarlo upa. El Negro grita mamá. Un grito agudo, de voz chillona y finita. Mamá. En la pesadilla el grito tiene eco. El sonido de mamá choca con las paredes del cuarto. María Esther, su mamá, le habla al Negrito detrás de la puerta de su dormitorio. Le dice que duerma, que se calme, que su papá Tomás tiene que descansar. Pero la voz de María Esther suena con voz de Patria. ¿Cómo es la voz de patria en un sueño del Negro? Es como la voz de la directora de su colegio en Lomas de Zamora. Una voz autoritaria, pesada, una voz que da órdenes del estilo “rompan filas” o “el silencio alumnos”. Pero Eduardito sabe que es la voz de la patria la que le dice que se deje de joder chillando como un marrano. Eduardo sueña que entra por la ventana un ángel envuelto en una bandera argentina. Sabe que es un ángel porque tiene alas. El negro piensa, dios es argentino y me manda un angelito. “Eso es señal de algo”, piensa en el sueño el Negro.

A la mañana siguiente Duhalde se levanta temprano. Chiche duerme hasta más tarde. Recuerda el sueño con lujo de detalles. Reconoce esa cuna. No es la que él tenía cuando era un nene. Esa cuna la vio en algún lado. De repente tiene la imagen de la cuna que se transforma en barrotes. Está despierto, desnudo, en el baño, mirándose al espejo. Los barrotes, esos barrotes. No era una cuna. Era la cárcel. Como una ráfaga aparece la imagen de los dos pibes que murieron en la estación antes llamada Avellaneda. Se toma la cabeza con ambas manitas. Descubre que por esa maldita desgracia tuvo que llamar a elecciones anticipadas. Cruza por su cabeza la imagen de De la Rúa perdido en el set de televisión de Tinelli. Cruza por el espacio de su frente, ancha, el llamado a Raúl Alfonsín. Escucha la voz del Padre de la Democracia. Se acuerda bien de lo que le dijo esa mañana: “De la Rúa está grogui, don Raúl”.

  • Me prende la computadora, Raquel.
  • Si, doctor, ya mismo.
  • Me pone el Esquipe, Raquel
  • ¿Skype, doctor?
  • Eso, Raquel
  • Ya mismo, doctor
  • Comuníqueme con Fantino, Raquel.
  • Fantino está a la tarde, doctor
  • Entonces con…cómo se llama…el negro…el negro Oro. Eso.
  • Está en Montevideo
  • Deme con una radio, pero que sea buena
  • ¿La AM750, doctor?
  • NO!!! Esa no.
  • Mitre?
  • Esa ya no me atiende
  • ¿Rivadavia?
  • …y si no hay otra

El doctor Eduardo Duhalde, hoy declaró a Radio Rivadavia que el presidente Fernández está grogui, como estuvo De la Rúa y el mismo cuando fue presidente. Esta vez le preguntaron si tenía un ataque psicótico, pero el doctor Duhalde no contestó. Hoy fue internado en un nosocomio de la ciudad de La Plata. Iba envuelto en una bandera argentina, gritaba con voz de directora de colegio, “La Patria es la otra” y repetía, “La Patria es la otra”.

Hoy a la tarde, el presidente Alberto Fernández se interesó por el estado de salud del expresidente y le contestaron que estaba repuesto e iba a ser dado de alta en las próximas horas.

Cuando salió del Hospital de la ciudad de las diagonales, el Negro tenía el pantalón negro mojado, justo de la bragueta para abajo. Chorreaba orín por uno de sus tobillos.

La patria está enferma, dijo uno de sus custodios.

Hoy a la madrugada soñé con Alfonsín.

Sí, soñé que hablaba con Raúl Alfonsín.

Este es el apunte mi sueño.

Yo estaba sentado en un sillón clásico, esos de orejas a los costados, de felpa verde, con la tela un poco gastada. Raúl estaba sentado también pero en uno de los brazos del sillón. Por eso el estaba un poco agachado, hacia mí, escuchándome.

Le decía a Raúl Alfonsín:

“Raúl usted no ganó ni por la plataforma, ni por el pacto síndico militar, ni por la campaña publicitaria. No, Raúl. Usted ganó porque usted representaba a un padre protector, capaz de dar seguridad a un pueblo huérfano. Lo bueno era que usted no necesitaba actuar de padre comprensivo. Era evidente que usted era así. No era necesario que fuera creíble. Lo que usted decía era verdad y se le creía. Ahora Raúl nos pasa que este pueblo tiene confundido los padres. Mire, Raúl, Alberto es un gran presidente, como a usted le tocó lo peor. A usted Raúl le tocó gobernar con el aliento en la nuca de los militares. A Alberto le toca gobernar con el aliento en la nuca de la muerte de la pandemia y para peor con los hijos y los nietos de los golpistas patean do las puertas. Usted, Raúl, ¿no puede volver? Raúl se acercó a mi oído y me susurró: ¿pero que quiere que yo haga, Marcelo?

Me desperté seguro que lo que había soñado era trascendente. No se si lo que escribí son las palabras textuales de mi sueño. ¿quién lo puede saber?, pero no tengo dudas que soñé con Raúl Alfonsín y que él me escuchaba atentamente.

Antes de escribir este sueño pensé mucho. Durante toda la mañana no pude hacer otra cosa que pensar en el sueño. También pensaba en escribirlo o no. Tengo la sensación que hace falta producir un efecto que nos ponga a todos en la realidad, en el peligro de los que están fuera de sí. Estoy seguro que los enemigos son pocos, poderosos e incapaces de retroceder un paso de sus metas de poder.

Como suele suceder con el peligro no está a la vista con un cartel rojo con una calavera. Esta ahí, presente como un fantasma. Un día llegó Aramburu, otro Onganía, Lanusse, Videla, pero también llegó Menem, de la Rúa y Macri.

Hace un minuto escuché en radio 10 a Méndez preguntando si lo de Duhalde no fue una alerta.

Hace falta producir un evento. Hace falta que Alberto y Cristina juntos den un mensaje de unidad del 60 o 70 por ciento de los que aún estamos en contra de la derecha.

No creo en los mensajes del más allá. Pero soñar con Alfonsín me dio esperanzas.

Una de esas, una de estas noches sueño con Perón o, mejor, con Evita.

Marcelo