Diario de Cuarentena. Entre la fantasía y el miedo.

Diario de Cuarentena

Entre la fantasía y el miedo.

Una de las fantasías recurrentes en estos tiempos tan especiales que estamos viviendo es que de acá en adelante el mundo será otra cosa. En las conversaciones a distancia (teléfonos de tierra, celulares, WhatsApp, redes) surge inequívocamente la idea de que “volver a la normalidad” no será la conocida normalidad. En todo caso será una normalidad que desconocemos, una normalidad con cambios o inclusive una nueva normalidad.

Debo ser uno de los pacientes de psicoanálisis más viejos del planeta, o al menos de este país. En mis cálculos, y con interrupciones, llevo 45 años de terapia. Comencé en 1960 y de eso hace 60 años.

Es la primera vez que me analizo sin acostarme en un diván, ni en un grupo, ni frente a frente, sino que lo hago a través del WhatsApp. Ya llevo cinco sesiones que coinciden con la cuarentena compartida con mi analista. Y, obviamente, el virus, los barbijos, las ciudades zombis, las muertes, Trump, Bolsonaro, los sueños recurrentes, las fantasías de muerte, el miedo, la tristeza de no ver a mis nietos y a mi bisnieta, son los temas ineludibles de cada sesión de los miércoles a las 4.30PM. Y así surgió una interpretación de lo que está pasando y que seguramente tiene que ver con mi inconsciente: vivimos en un estado de “suspensión”. Más que incertidumbre, o, la incertidumbre está dentro de este halo de flotación que mi analista dio en llamar “estado de suspensión”.

Quiero compartir estas sensaciones, emociones, ¿estados de ánimo? con otr@s con la certeza de que no soy nada original sino que, por el contrario, intuyo que nos pasa a much@s, o a alguno@s.

Hoy le dije a un amigo que escucho varias veces en los medios, o leo en las redes que no se sabe cuando volveremos a la “normalidad”. ¿Qué normalidad? Me pregunto y les pregunto.

Hay una especie de aceptación, al menos entre los que tenemos algunas cosas en común, de que esto no nos pasó nunca. Pasamos por el “corralito”, pero eso era otra cosa. Pasamos por la dictadura, y la sensación era que nada podía ser peor, pero esto es otra cosa. Pasamos por golpes de estado, por crisis internacionales como la tragedia de las Torres Gemelas, por Cromañón, por las muertes en la estación Once, por el terror al Sida, a la Gripe A, a la Vaca Loca. Vimos a miles hacer cola para darse la vacuna contra la Fiebre Amarilla para poder irse de vacaciones, pasamos por la locura de un gobierno que nos endeudaba, nos empobrecía y nos quitaba los derechos. No pasamos por terremotos, ni por aludes pero sí por inundaciones y sequías. Sabemos del dengue y del mal de Chagas. Todo esto sabemos y mucho más. Pero nada parecido a esto. Porque del Coronavirus NO SABEMOS NADA.

Y justamente de eso se trata el estado de “suspensión”. Estamos en suspensión. No hay idea de saber como será el futuro. Un mundo sin colegios, sin fútbol, sin cine, sin restaurantes, sin teatros, sin feria del Libro. No sabemos y parece ser que eso es lo terrible: aprender a vivir en un mundo que no tiene futuro.

La cultura neoliberal fue exitosa sin lugar a duda.

Después de la segunda guerra mundial surgió un mundo que no se conocía. Por un lado Hiroshima y Nagasaki. Una Europa hambrienta. Una Alemania devastada. ¿Qué futuro podía haber después de el exterminio de millones de judíos, gitanos, cristianos, homosexuales, negros y una ideología que proclamaba la supremacía de una raza por encima de las demás?

Entonces surgieron dos posibles mundos futuros: el mundo socialista, que debía pasar por un estadio comunista en el que el Estado protector sería el garante de un mundo más feliz. O, por el contrario, el mundo de una carrera en el que el ganador sería el que más acumulaba, con un dios llamado mercado, y una obsesión por tener más y consumir símbolos de status y poder. Es casi simple: socialismo Vs capitalismo o Estado Vs Mercado o más simple aún, tener Vs ser.

Un día, una de esas facciones triunfa. Cae el muro de Berlín y un mundo que se debatía entre dos ideas antagónicas pasa ser de un planeta en el que las amenazas de ambos mundos convenían en una guerra fría, un equilibrio de fuerzas, en un solo mundo: el capitalismo con su mano armada del neoliberalismo vencía al comunismo tradicional.

Pero, pero sabíamos como era el mundo con ese ganador. Lo supimos y lo vivimos. El consumismo, las marcas, el marketing y la publicidad idealizaron un mundo de felicidad que dibujaba una realidad llena de felicidad a partir de dividir a la sociedad en tres: los más ricos, los que aspiraban a ser tan ricos y los pobres, a su vez divididos en pobres explotados y pobres indigentes. Pobres que comen y un poco más y pobres que no comen.

Entonces llegó la Pandemia del Coronavirus.

Ese mundo ideal de felicidad tenía tres niveles: ser propietario, tener un auto e irse de vacaciones. Ser Clase Media como en la posguerra. Los que nos enseñaron con el American Way Life o El estilo de vida norteamericano, establecido en un slogan Hot Dog, Apple Pie y Chevrolet.

En los años 80 y 90 comenzó a imponerse un mundo de marcas que historió muy bien Naomi Klein en su libro No Logo. Cada vez más el éxito del neoliberalismo se plasmó en una cultura basada en el individualismo, la posesión de bienes y la representación de los individuos (as) en función a las marcas que usan, lucen y muestran.

¿Es esa la normalidad a la que millones de terrestres quieren volver?

Sí. Es esa.

Es posible ¿volver a esa normalidad? Si y no , depende.

Tenemos una oportunidad y es la de no volver a esa normalidad. ¿Qué otro mundo podemos reconstruir en el que seamos más felices siendo más colectivos que individuales, más solidarios que egoístas y sobre todo…más LIBRES?

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