Pedazos de Familia

(Crónica de recuerdos fragmentados)

Se podía entrar por el negocio o por un pasillo angosto que tenía una puerta de chapón beige, con ranura para tirar las cartas. La entrada del negocio era por la Avenida Córdoba 6026. La puerta de entrada del pasillo era la misma avenida pero con la numeración 6022.

El negocio con dos vidrieras se llamaba Les Enfants y lo atendía mi mamá. Vendía ropa para bebés y niños y niñas. Había un mostrador de madera y otro de vidrio. Además de mi mamá en el negocio había una empleada que atendía al público y además limpiaba las vidireras y también se encargaba de hacernos la leche a la tarde, llevarnos a cortar el pelo a la peluquería de enfrente.

En el lateral izquierdo del negocio había una especie de buhardilla donde se guardaban las cajas vacías de la mercadería, una máquina de coser Singer y cachivaches. Era el lugar de los cachivaches. Había, también, cajas de fotos viejas, recortes de telas, papeles de contabilidad, libros de abuelo y un porta papeles de envolver que se había roto y nadie mandaba a arreglar.

La casa estaba separada del negocio por una pesada cortina color bordó, creo que de terciopelo o imitación terciopelo. La parte de atrás del negocio era tecnicamente el comedor diario. Estaba el aparador, una mesa para ocho personas, la máquina de coser Singer, pero la eléctrica, las sillas y el combinado de radio y tocadiscos.

Al salir del comedor diario estaba el patio de baldosas blancas y negras con la hamaca colorada en la que yo me sentaba para tomar la mamadera de las cinco de la tarde. Al patio daban los dos dormitorios. El de mi papá y mi mamá y Quique y el dormitorio del fondo, que era mucho más grande porque ahí estaba la cama de bronce de mis abuelos, las dos camitas de mi hermano Juan y la mía, más una mesa de comer, más una biblioteca con libros de mi abuelo, otra máquina de coser Singer pero a pedal, y el ropero que habían comprado cuando se casaron Rosa y Salomón en 1913.

Entre los dos dormitorios estaba el baño grande con bañadera y afuera, en el costado del patio, al lado de la pileta de lavar ropa, el bañito chiquito con una piletita y un inodoro Pescadas.

En esa casa fuimos felices, calculo, hasta que nació Quique.

Es triste lo que voy a contar, pero algo pasaba con Quique desde que nació porque uno de mis primeros recuerdos es espiar como mi tíó el médico Abraham lo revisaba a Quique y decía algo que hizo que mi mamá llorara en los hombros de mi papá, que, me parece, también lloraba o al menos tenía una cara de triste que no se podía creer.

Mi hermano mayor, Juan, era muy lindo, inteligente y, sobre todo, muy buen alumno. Desde chiquito tenía linda letra, el cuaderno de clase era muy prolijo y además estudiaba piano, teoría y solfeo.

Yo era el hijo del medio. Juan me llevaba cinco años y yo le llevaba a Quique cinco años. Cuando yo nací, en 1941, mis viejos tenían 27 años. Cuando nació Juan, apenas 22 y cuando llegó Quique en 1946, 32 años. Era una familia con tres varones. Mi papá tenía auto y era un comerciante próspero. Mi abuelo Salomón no era comerciante ni próspero. Era un obrero de la confección de ropa, sindicalista, anarquista, violinista y actor de teatro judío. Mi abuela Rosa era analfabeta, cocinaba muy ricos knishes y varenikes, entre otras especialidades judías y sobre todo era una abuela amorosa, dulce y cariñosa.

Juan y Quique eran blancos como mi papá. Yo era negrito como mi abuelo Salomón. Un shuarse (negro) judío.Así éramos Salomón y yo.

(Diario de la Cuarentena – Borrador)

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