Diario de Cuarentena/Yo tuve un papá millonario que murió pobre.

¿Cuántos millonarios conociste en tu vida?

El primer millonario que conocí en mi vida fue a mi viejo. No era un millonario en serio, de esos millonarios que tienen la guita en un banco suizo, o tienen acciones o bonos de la deuda externa, no. Me estoy refiriendo a un millonario de los años 50 o 60. Mi viejo era un pequeño industrial, lo que hoy se llamaría una PYME mediana o grande. Depende. Era hijo de mi abuelo Jacobo, un inmigrante que llegó de Rusia en 1905 a los 16 años, de profesión sastre y que gracias a esta tierra generosa consiguió hacer una pequeña fortuna con un taller de unas diez o doce máquinas de coser Singer, trabajando para otros talleres más grandes, confeccionando pantalones y camisas. Jacobo y Sofía, mi abuela, tuvieron cinco hijos: Abraham (1912) Luis, mi papá (1914) Juanita (1916), Jaituve (1918) y Sarita (1924). Como correspondía a una familia inmigrante, Abraham, el mayor se recibió de médico, puso su consultorio en Avellaneda y fue un pediatra reconocido y estudioso. Mi papá, dejó el colegio primario en cuarto grado y empezó a vender jabones, casa por casa, a los 11 años. Juanita ayudaba a la abuela Sofía con las cosas de la casa, le encontraron un novio para casarse a la edad de prometer y de pura rebelde se consiguió un amante clandestino que tenía algunas características que no le caían muy bien a Jacobo: era negro (brasileño), fornido, sensual y encima, lo peor, católico. Juanita se suicidó estando embarazada, unos meses antes de cumplir con la promesa de casamiento al novio judío oficial. Jaituve demoró en suicidarse unos 25 años después. Ella cumplió con la promesa de casarse con su primo hermano, mi tío Avelino, con quien tuvo dos hijos, un varón y una nena. Jaituve se suicidó porque se había enamorado del médico de mi tío Avelino, quien a su vez había sufrido un ACV a la temprana edad de 48 años y había quedado paralítico de su lado izquierdo, pero le permitía usar su bastón con la derecha, con el cual le producía variados moretones a la pobre Jaituve. Ella también se suicidó cuando mi abuelo Jacobo no aprobó su separación de Avelino, por más que ella justificara que el bueno y gordo marido le pegaba con un bastón. Finalmente, la menor, Sarita, se casó con un buen muchacho judío, trabajador, que era el dependiente del negocio de Jacobo, su mano derecha, su cadete y también, el candidato ideal para la tía Sarita. Por lo tanto, Sarita no se suicidó. Apenas si se volvió loca, fumadora empedernida, neurótica de manual.

Bueno de esa familia judía surgió mi papá que de vender jabones pasó por distintas etapas hasta llegar a tener una fábrica con casi una centena de obreros y empleados y entre estos últimos un chofer llamado Rodolfo.

Y sí, mi papá, era millonario a los 38 años, tenía chofer y algunas novias que yo conocía porque casi siempre eran o empleadas de confianza o amigas íntimas de mi mamá, Adela, o Adelita para los de mayor confianza.

Así que siendo mi papá millonario, teníamos un departamento de 400 metros cuadrados en Villa Crespo, con jardín, jardinero y dos empleadas de servicio, con cama adentro y Adolfo el chofer.

Mi papá era bastante avaro. Amarrete, se decía. Tacaño, también. Ahí descubrí a la edad temprana que una de las características de los millonarios es que no se desprenden fácilmente del dinero que ganan a costa de sus explotados. Mi papá le dejaba a mi mamá todos los días la plata para el mercado y mi mamá todos los días le reclamaba que eso no alcanzaba. También, en el transcurso de los años escuchaba que no solo le dejaba poco a mamá, sino que además ella lo acusaba de gastarse el dinero con sus amantes, o lo que descubriríamos tiempo después, en una amiga de mi mamá, viuda joven de un cliente de mi papá, con el cual hacían negocios con corrupción mediante.

Cuando Carlos se murió increíblemente después de una operación de apendicitis, su viuda comenzó a ser la novia de mi papá y dejó de ser la amiga de mi mamá. Cosa de millonarios.

Cuando Perón es derrocado por el golpe cívico militar de 1955 mi papá deja de ser millonario. La Fundación Evita, a la que él le vendía miles de indumentarias para los pibes pobres , fue intervenida por las fuerzas militares y por ende nunca cobró lo que le debían. El era acreedor de una organización que los militares consideraban corrupta. No le pagaron y él dejo de ser millonario por unos cuantos años.

Ya casado con su nueva mujer, encontró un nuevo rumbo en Venezuela, la Venezuela del petróleo y la nueva democracia de Rómulo Betancourt el líder de esos momentos del partido Acción Democrática.

Papá, en Venezuela, volvió a ser millonario. Reconstruyó su modelo de fábrica, consiguió ser proveedor del estado venezolano, pagó las coimas necesarias y consiguió su objetivo: nadar en plata, o en Bolívares.

Una vez más, volvió a las grandes casas, a sus gustos de pequeño burgués, con autos importantes y viajes a Europa. Visitó la clínica de la doctora Aslan donde hizo los exámenes previos para conseguir las famosas pastillas de la juventud eterna.

El rodrigazo en la Argentina de Isabel lo encontró financiando sus propias obras de construcción y en menos de una año quedó nuevamente pobre. Y así murió, pobre, en el Hospital Durand, de una septicemia que seguramente hubiera podido evitar en el Otamendi o en la Clínica de la Swiss Medical.

De todo esto me acordé hoy mientras leía con pasión la nota de Horacio Verbitsky acerca del impuesto a las fortunas argentinas. Cómo se oponen los millonarios genuinos, pero también los que no lo son pero sueñan con serlo o admiran a los que lo son.

Hoy un columnista del New York Times decía que lo que habría que encontrar rápido es un antídoto contra Trump, que no solo es multi millonario sino que además es el presidente del país más poderoso del mundo. O quizás el que fue el país más poderoso del mundo.

(Una cuarentena llena de recuerdos familiares. Que dios me perdone)

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