Freud, Bergman, Woody Allen y mi abuelo Salomón.

Diario de Cuarentena

Freud, Bergman, Woody Allen y mi abuelo Salomón.

Sigmund Freud, Ingmar Bergman, Woody Allen y mi abuelo Salomón Tulchinsky. Tres ídolos famosos y uno anónimo.

Salomón nació en una aldea cercana a Kiev, en Ucrania, en 1891. A los catorce años llegó a Buenos Aires con una valija de cartón y un violín en su estuche. Llegó el 5 de julio de 1905 y ese mismo día con su papá, mi bisabuelo Moisés, tomaron el tranvía en el puerto de Buenos Aires y fueron hasta la Avenida San Martín y Luis Viale, a la dirección que tenían anotada en un papelito de un paisano que había llegado dos años antes. Trabajó de sastre, tocaba el violín en un bar de Villa Crespo, estudió y trabajó de actor de teatro idish, fue sindicalista y anarquista. Viví con él y mi abuela Rosa muchos años de mi infancia. Me leía Bakunin antes de dormirme. Me enseñaba que en la vida hay que compartir lo que uno tiene, porque es la única manera de ser un “mench”, una persona. Salomón me llevaba al cine, al Parque Japonés en Retiro, al Zoológico, al Botánico y también lo acompañaba a las reuniones políticas que tenía con un grupo de compañeros del sindicato del vestido.

A Freud llegué gracias a mi novia de la adolescencia. Frida lo conoció a Freud gracias a la revista Nuestros Hijos, una publicación de avanzada que hablaba de la psicoterapia, del psicoanálisis y de Sigmund Freud.

La primera vez que me analicé fue en 1959. Tuve un par de meses viendo al DR Gallinovsky que era un médico psiquiatra que había ingresado a los cursos de la APA, la Asociación Psicoanalítica Argentina. Poco después comencé una terapia de grupo con León Grinberg, quien terminaba de publicar un libro Psicoterapia de Grupo escrito juntamente con Mari Langer y Emilio Rodrigué. El primer tomo de Freud lo compré en la librería de Fray Mocho, cuyo dueño, Don Marcos, me dio un crédito por pura confianza para pagarlo en seis veces. Compré el tomo Psicoanálisis de los sueños que era la lectura que recomendaban Ángel Garma y Arnaldo Rascovsky en las clases abiertas que daban en la facultad de medicina los martes y jueves. Mi libro de cabecera o el libro que consulto cada vez que me encuentro ante la alternativa de entender algo de lo que pasa con el hombre y la sociedad, es El Malestar en la Cultura.

Fui también un lector apasionado de la correspondencia de Freud, especialmente con Lou Salomé y con el odontólogo William Fliess. También las cartas que le enviaba a Marta Bernays, su novia y esposa de toda la vida.

Mi frustración es no haber sido psicoanalista. También no haber sido un escritor. También no saber disfrutar de la pintura, aunque si del diseño gráfico.

Es difícil explicarlo, pero creo que soy freudiano. ¿Qué significa eso? Que creo en el inconsciente. Para decirlo más sencillo, creo que el inconsciente existe más allá de no poder ubicarlo en ningún lado físico del cuerpo humano.

Como ya lo conté vi mucho cine en mi vida. Miles de películas. De esas miles de películas pocas me produjeron un efecto de sensibilidad artística y emocional como algunas de las películas de Ingmar Bergman. Cuando Huye el Día, El Séptimo Sello, Escenas de la Vida Conyugal y posteriormente Sarabanda, fueron impactos al corazón, golpes al estómago, sudestadas en la cabeza.

Cada tanto veo un documental, una entrevista que la televisión sueca le hace a Bergman y a su actor predilecto Erland Josephson, poco antes que los dos amigos y compañeros mueran. Es un final de vida que resume una vida dedicada al teatro y al cine. (les recomiendo muy especialmente verla en You Tube https://www.youtube.com/watch?v=HqTRUQe-bAc&t=2489s

Con Woody Allen me une una relación generacional. Es apenas siete años mayor, pero siempre pienso que no quiero morirme antes que él para no perderme su última película.

Tengo todas la biografías de Woody. Todas son muy parecidas. Todas intentan demostrar que él y sus personajes son distintos, pero cuanto más intentan menos lo consiguen.

Vi absolutamente todas sus películas. Algunas 10 veces, como Manhattan, Crímenes y Pecados, Hanna y sus hermanas, Match Point. Cuando alguien me dice que una película de Woody es mala yo contesto que la más mala me gusta. ¿Fanatismo? Posiblemente. Ahora está a punto de publicar su Autobiografía. La espero ansiosamente. También espero ver su última película y si por culpa de esta pandemia no se podrá ir al cine por mucho tiempo espero que las nuevas tecnologías sirvan al menos para ver en el televisor estas películas inmensas.

Gracias por leer. Es un gusto.

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