Diario de Cuarentena La publicidad en los 60

Los que me conocen saben que soy publicitario de profesión. Comencé a los 21 años en el periodismo profesional y un verano de 1966, cuando me faltaban unos meses para cumplir 25 años, cerró Stop, un semanario de actualidad a la manera de Paris Match y el dueño y director, Raúl Damonte Taborda, el yerno de Botana y padre de Copi, me vendió junto a una tonelada de papel importado a Héctor Ricardo García de Crónica. Es decir, cerró Stop que había acumulado mucho papel comprado a $40 el dólar y se lo vendió a García a $80 el dólar. La revista perdía plata, pero con el papel ganó una fortuna.Una tarde casi noche de enero del 66 lo conocí a Héctor Ricardo García, el gallego.- Pasá, pasá…¿vos sos el pibe que vino con el papel de Damonte Taborda?- Hola…Raúl me dijo que al cerrar la revista usted estaba interesado en que trabajara en el diario.- (Carcajadas de García). Mirá pibe, Damonte me dijo que como eras un buen pibe, muy laburador y con talento me pedía que te tomara como parte del negocio…¿entendés?- Entiendo.- Bueno, vas a laburar en el matutino. Ya hablé con Américo Barrios para que te ponga al lado de Villita, el que hace policiales. Con él vas a aprender periodismo en serio.Así fue. Américo Barrios, que venía de acompañar a Perón en su exilio había desembarcado como director del matutino de García. Crónica con sus tres ediciones matutina, vespertina y 6ª, vendía más ejemplares que Clarín. Don Américo me presentó a Villita y antes de saludarme me dijo que en 10 minutos salía con el chofer del jeep de Crónica a hacer la nota de un tren que se “había llevado puesto a un tipo de sesenta años”. Cuando llegamos a Moreno, a la barrera de la estación del tren, bajé con mi anotador y una Bic y un policía que me estaba esperando me dijo que al “fiambre” ya se lo habían llevado. El fotógrafo que venía conmigo no dudó: “Mira pibe tirate ahí en las vías que te tapo con una lona y hacés de muerto”. Así fue mu debut en Crónica. Al día siguiente salí en la tapa del matutino, tapado con una lona y una pierna desnuda que sobresalía. Mi primera nota la escribí descubriendo que para Crónica una buena imagen era mucho mejor que 1000 palabras.Trabajaba en Crónica de 5 de la tarde a 12 de la noche. Mi día franco era el martes, por eso, los sábados y domingos me tocaba fútbol. Pero tenía libre todo el día. Por eso, un primero de febrero de 1966 empecé a trabajar como redactor publicitario en Relator Publicidad, la agencia oficial de Cervecerías Quilmes.Pensaba que me venía bien ganar una plata extra durante el verano. Mi hija Gabriela cumplía un año y si bien no había pañales descartables, de todas maneras sentía necesidad de ganar más dinero.La publicidad me resultaba algo fácil y divertido y, sobre todo, me gustaba porque ganaba el triple que en Crónica. El primer aviso que hice para Toddy lo terminé en 10 minutos. Se lo llevé a Luis Cícero, que era mi jefe y me dijo: “Nunca más me traigas un aviso en 10 minutos. Hacer el texto de un aviso demora por lo menos un día.”. De todas maneras lo aprobó y me dijo que yo tenía futuro. ¿Futuro?En abril del mismo año un amigo me recomendó para ser el Jefe de Redacción de la agencia cautiva de YPF. Yo ganaba en Crónica $17,000, en Relator $35.000 y en YPF me ofrecían $60.000. En menos de tres meses tenía la sensación de ser casi millonario.Ese mismo año me fui a Relán Publicidad, la agencia que había fundado Héctor Cavallero, el que fue el primer novio de la famosa Susana Giménez. Me recomendó un tipo excepcional, Jorge Mitchell, el compañero de la artista plástica Josefina Robirosa.Unos meses después, el dueño de una agencia en franco crecimiento, Frank Johnson, me ofreció $180,000 para ir a su agencia como Director Creativo. Ya había nacido mi segunda hija, Paula, nos habíamos mudado a Olivos, a un departamento frente al puerto y yo ya me había prostituido trabajando en esos burdeles llamados Agencias de Publicidad.La nueva vida trajo aparejadas otras experiencias. Por un lado comencé a frecuentar bares, lugares, productoras de cine, estudios de fotógrafos, nuevos amigos de la profesión. También aprendí a convivir con esos especímenes llamados clientes, siempre indecisos, disconformes y sobre todo con pánico a ser expulsados de sus empleos ejecutivos muy bien pagos, con autos, vales de nafta y bulines y minas muy buenas.Habían pasado apenas dos años de vivir en un monoambiente, vivir comprometido con las desgracias políticas, viajar en bondi a tener un departamento frente al Puerto de Olivos, comer en restaurantes de hoteles, tener auto y plata en el bolsillo.¿Era feliz? Ese es otro capítulo de esta cuarentena en la que cuento historias de hace nada más y nada menos que unos…cincuenta años.

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