Diario de Cuarentena. Intimidades de las horas de encierro.

Diario de Cuarentena.

Intimidades de las horas de encierro.

Todavía camino a paso ligero, sin bastón, erguido y mirando al frente. Eso no significa que no me cuide. La última vez que me caí y se acercaron dos o tres personas preguntándome como estaba, si necesitaba algo o ¿quiere que llamemos al SAME? Lo que sentí, más que agradecimiento, es vergüenza. Así como me da vergüenza que me ofrezcan el asiento en el colectivo aunque también me da bronca que un pibe sentado en el reservado para embarazad@s, discapacitad@s o viej@s se haga el boludo mirando el celular o mirando para otro lado, es decir a la ventanilla.

Ser viejo, no es chiste. Pero prefiero ser un viejo que conserva el humor. Posiblemente para espantar a la enfermedad, la muerte, la soledad.

Todo esto viene a que le dije a un amigo que esta cuarentena se parecía a un pre-geriátrico o residencia de ancianos. Nos reímos los dos, pero a mí me parece que nos reímos de nervios.

Yo llegué a la vejez casi sin darme cuenta. Algo así como el tiempo en el cine. Esas dos horas que dura la película de Woody Allen que tanto me gusta y por lo tanto cuando me doy cuenta de que está por terminar siento que me gustaría que siga, que siga y siga, es porque el tiempo se me pasó, como se dice, volando. ¿Se dieron cuenta que cuatro horas de auto es una cosa y cuatro horas de avión es otra? Seis horas durmiendo no son seis horas trabajando. O cuarenta minutos de cinta no son cuarenta minutos de un primer tiempo de Boca-River. Necesito tantos ejemplos para decir(me) que mis casi 80 me parecen 60, o exagero, me parecen 50, o 40.

Como no creo en dios, ni en otra vida, ni en la reencarnación, me resulta bastante molesto esto de morirme. No voy a mentir diciendo que es preferible tener pensamientos positivos, o no pensar en “eso”. La gente que conozco de mi edad, de mi generación, tampoco le pasa desapercibido el tema. Los chistes ayudan a mantener el espíritu abierto y no quitarle espacio por más miedo que haya.

Esta cuarentena no me tomó desprevenido. Trabajo, estudio, leo, pienso, estoy en “las redes”, ahora, en cuarentena, y cuando no estaba en cuarentena también. ¿Qué es lo que me falta?

Antes que nada me faltan mis nietos y mi bisnieta. Me falta el ruido , el quilombo, ir a comprar regalos, cosas ricas, el tocarlos, besarlos, abrazarlos. Me faltan los amigos, las amigas, las discusiones, las emociones, las miradas. Me falta la libertad. Eso me falta y eso extraño. Yo tenía un amigo raro e indescifrable con el cual teníamos una relación entrañable. Se llamaba Juan Fresán y se murió antes de tiempo. El tipo era un genio, un tipo brillante. Un diseñador, un artista, un pensador. Juan decía que tenía que vivir al menos a dos o tres cuadras del Florida Garden, la tradicional confitería de Paraguay y Florida. Yo le decía: pero Juan si vos prácticamente no salís de tu casa, nunca vas al Florida Garden, odias encontrarte con gente, por qué tendrías que vivir a tres cuadras del Florida Garden. Juan contestaba: “No me importa que yo no vaya. Lo que me importa es saber que está ahí y yo estoy cerca”.

Pero creo que todo esto es para ocultar otras cosas que me faltan. Me falta la pasión, eso sí me falta. Y eso no se compra, no se alquila, no se disimula. La única pasión que me queda es militar por un mundo totalmente diferente al que vivo y noto que se va debilitando al igual que otras pasiones.

Cuando tenía 30 años tuve una crisis que en esa época se llamaba la crisis de la mitad de la vida, porque se creía, o creíamos que la vida duraba más o menos sesenta años. Y su duraba más era simplemente porque uno duraba más que la vida. En esa crisis de la mitad de la vida los de mi generación queríamos ser hippies. Estaba de moda largar todo e irse a vivir a El Bolsón, en Río Negro, a cuarenta kilómetros de Bariloche. Algunos lo hicieron. Antes que llegara la dictadura, unos meses antes me fui a Venezuela, a Caracas. Lo decidí el día que volvió Perón a la Argentina y viví la guerra de Ezeiza. Había votado a Cámpora y fui, el 1° de mayo de 1973 con el que era mi cuñado de ese entonces a reclamar la libertad de los presos políticos a Villa Devoto. Montoneros era la esperanza. En las reuniones discutíamos cuáles eran las condiciones de fundar una patria socialista. Con una gran amiga hicimos una investigación para El Descamisado sobre la tortura en el conurbano sur de la provincia de Buenos Aires. Cuando presentamos el trabajo, el secretario de redacción nos dijo que no se podía publicar porque a los que denunciábamos como torturadores posiblemente los iba a necesitar el movimiento para “otras tareas”. Poco después, renunciaba Cámpora y asumía Lastieri, el yerno de López Rega. Por eso me fui a Venezuela.

Escribiendo sobre cuarentena en el 2020, las intimidades me retrotraen a los 70. Vaya viaje a la historia. Vaya viaje a la pasión.

Como muchos de ustedes saben intento nunca pasarme de las mil palabras, por eso voy a dejar acá. Aunque prometo que mañana voy a seguir con las intimidades. Ojalá tenga ganas…con esta desapasionada cuarentena. Salute,

3 comentarios en “Diario de Cuarentena. Intimidades de las horas de encierro.

  1. La vida me ha llevado a estar en contacto con gente de tu generación, se me hacen carne tus palabras porque sufro de una especie de contagio gerontológico, o tal vez soy una especie de “travesti etario”. Tengo casi 50 años y siento la misma falta de pasión por el mundo que me rodea. Pero aún hay una porfiada voluntad comunitaria que me impulsa a pesar de mi. Soy parte viva de una cooperativa de viviendas y creo en ese movimiento porque algo me dice que vive a pesar de “lo humano”. Cada uno se aferra a lo que puede. Gracias por escribir y describir con tanta claridad lo que nos llega a todos. Un abrazo, voy a releer el texto y llorar otro poco, porque llorar con lecturas se ha convertido en mi forma de sentirme parte! Salú maestro!

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  2. sin palabras, explendido, siempre da gusto escucharlo, un genio literal, y con mucho pero mucho para contar y enseñarles a las futuras generaciones…..salute

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