Diario de Cuarentena. Al periodismo no lo mató el virus .

Diario de Cuarentena.

Al periodismo no lo mató el virus.

Marcelo Cosin

Dicen abuelos o abuelas cuando se refieren a jubilados o jubiladas. Hacen preguntas del tipo ¿por qué la mató?, a un tipo acusado de asesinato. Corren detrás de un funcionario que no quiere hacer declaraciones y lo acosan con frases como “no quieren hacer declaraciones”. Parten la pantalla del televisor en dos y en una de las mitades repiten hasta el cansancio la misma escena. No informan, abruman, enloquecen, desquician la escena.

Leo todos los domingos con pasión el Cohete a la Luna. Horacio Verbitsky es un periodista de la información, las fuentes, pero sobre todo de la originalidad por encontrar a una noticia que es obvia y volverla única, sobre todo por la investigación que hace sobre ese hecho. Todos los colaboradores de El Cohete a la Luna son homogéneos no por el estilo sino por la coherencia: todo lo escrito parece provenir de algo qué pasó, no de algo que se inventó. Es como si antes de publicar el editor preguntara “ y esto que escribís que fuentes tiene”.

La televisión arruinó el periodismo. Los noticieros compiten por dar en el clavo con el gusto por lo negro, lo escandaloso, el chisme. Es absolutamente cierto que los directores y secretarios de esas bazofias festejan los femicidios, los ataques sexuales, las violaciones y ahora las muertes que ocasiona la pandemia. Estoy seguro de que es así.

El periodismo de Eduardo Feinmann, de Echecopar, de Intratables no es malo por ser opositor al gobierno nacional y popular, por ser el defensor de los que les pagan para que digan lo que dicen. No. Es malo porque no hacen periodismo, sino amarillismo. Aunque no siempre cobren instigan al odio, a la pelea, a la venganza.

Es cierto que Alejandro Fantino no es periodista. Es un showman que puede hacer Animales Sueltos con cómicos repetidos y modelos semidesnudas hasta un programa de entrevistas o conducir un entretenimiento de la tarde, siempre con esa misma risa forzada y uso de estereotipos del tipo “pará, pará…no me digas que”.

Había periodistas que respondían a intereses políticos y comerciales como José Ricardo Eliaschev, pero lo hacían con profesionalismo. Hablaban bien y escribían mejor.

Hay periodistas que son buenos periodistas aunque se ganen la vida como periodistas mediocres, como es el caso de Jorge Rial.

Hay periodistas que engañaron siempre y siguen engañando con su personalidad, su cultura y amor por el poder y el dinero, como Lanata.

Pero pocas veces se encontrarán periodistas como Tomás Eloy Martínez o como Jacobo Timerman, que nunca estudiaron periodismo y fueron los mejores periodistas.

El símbolo máximo del periodismo corrupto fue Bernardo Neustad. Cobraba por minuto, por palabra y hasta por cada gesto.

Por último quiero escribir sobre las carreras de periodismo. Duran cuatro años, otorgan títulos de licenciados y los alumnos se reciben, a veces, sin leer diarios, ni libros, ni crónicas. Muchos de ellos son los que hoy vemos a menudo en la televisión.

Si alguna o algún de esos periodistas que menciono o se sienten identificados con los que aparecen en esta nota, sienten bronca, resentimiento u odio, les digo que tienen derecho a contestar para defenderse. No se sientan ofendidos, ustedes ofenden todos los días.

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