Diario de Cuarentena. La guerra de los balcones.

Muchos de nosotr@s estamos transcurriendo un tiempo diferente al pasado. Estamos enclaustrados, tratando de encontrar un sentido a esta vida sin contactos personales, sin contactos físicos, sin mirarnos, ni vernos, ni tocarnos, ni reírnos al mismo tiempo.

En algo mitiga la soledad el WhatsApp con video, el zoom, el celu. Pero falta el acercamiento y sobra la distancia.

Hoy, 1° de abril del 2020, año de la pandemia, miércoles para más datos, lluvioso y otoñal, me provoca meterme en la vida de los otros, en los resquicios de sus intimidades, en auscultar sus lenguajes, sus modos particulares, sus frases reiteradas.

Para empezar quiero compartir cómo es mi día, sobre todo para que puedas compararlo con el tuyo.

Me acuesto más tarde, tipo 2AM, me levanto más tarde, a eso de las 10, soy constante con el uso de la bicicleta fija (40 minutos por día), escucho más música, leo más, especialmente filosofía, política y comunicación. Veo menos tele y paso la mayor parte del día sentado en mi estudio frente a la compu. Tengo más tiempo para pensar y acordarme de tiempos pasados, preguntarme porqué habré hecho determinadas cosas y por qué no hice otras. Me acuerdo de tiempos de dolor, de la época que mis hij@s eran chicos, cómo fueron sus adolescencias, mis ausencias, mis enfermedades, mi entrada en la vejez.

Estoy muy dedicado a pensar, leer e investigar acerca de que nos espera después de esta pandemia. Seguro que no soy original, pero intento al menos hacerme preguntas acerca de si podré ver un cambio en el mundo. Por momentos creo que algo se avecina y en otros, con pesimismo, pienso que poco a poco nada va a cambiar demasiado.

Recién leía una nota de un tipo que admiré mucho y después me decepcionó, José Pepe Nun. El tipo es un investigador prestigioso y justamente tiene un tema al cuál le ha dedicado tiempo y esfuerzo: los impuestos. La nota se llama “Acerca de la desigualdad y los impuestos”.  (les dejo el link https://www.vocesenelfenix.com/sites/default/files/pdf/nun.pdf

Uno esta nota a el programa “Brotes Verdes” del periodista Bercovich que entrevistó a Branko Milanovic, un especialista en desigualdad, que expuso un proyecto para el mundo en época de virus: un impuesto a los millonarios. Recomiendo ver y escuchar esta entrevista. https://www.youtube.com/watch?v=9GkAd0ToJOo

Dejo para el final lo que anticipé en el título de esta cuarentena: la guerra de los balcones.

El lunes cuando a las 9 y media de la noche escuché los golpes de cacerolas me indigné, insulté, salí al balcón les grité hijos de puta. Lucy se enojó conmigo, llamándome chiquilín, y otros no tan dulces y me senté en la compu y estallé contra todos los gorilas a quiénes les predije los peores de los males infecciones actuales incluidas.

Pero ayer, martes 31, escuché a Leandro Santoro en C5N con Sylvestre y me convenció rápidamente que esa guerra de balcones no solo no sirve para nada, sino que entramos en las provocaciones de quiénes son víctimas más que victimarios. Y es así.

Mis vecinos de Palermo y los tuyos de dónde vivas son víctimas de la capacidad del mundo capitalista y sus poderosos medios para convencer que “el mercado es mejor que el estado”, “tener más es posible y lo que tenés que hacer es aspirar a más”, “los ricos son más felices que los pobres”, “los que son pobres son vagos irrecuperables”, etc. etc. que vos y yo conocemos muy bien.

Son víctimas del poder y encima están convencidos. El capitalismo necesita de sujetos a explotar. Para eso usan todos los recursos de los que disponen. Les hacen la cabeza y lo hacen muy bien. No tenemos que vencerlos a ellos. Hay que vencer a los ideólogos. No sirven las batallas de balcón a balcón porque perdemos energía. Es preferible ganar otras batallas.

No quiero extenderme más porque cada vez tengo menos “enredados” dispuestos a leer tanto. Espero respuestas. Tenemos tiempo. Hasta la próxima cuarentena.

Diario de Cuarentena. La cacerola no se mancha.

Reconozco que no participo de los aplausos de las 9 de la noche. No me gusta participar de eventos copiados de otros lares. (lugares). Tampoco participo de aplaudir en los entierros de gente famosa. Sin embargo me gusta cantar (me gustaba) en los tablones de Atlanta las canciones futboleras. También me gusta cantar en las marchas “como a los nazis/ a dónde vayan/ los iremos a buscar”. Son gustos.

Ayer a la noche después de aguantarme los aplausos (“una grasada”, según opina y comparto Mona Müller), a las 9 y media en punto aparecieron unos ruidos raros, como metálicos, en toda la cuadra de Charcas al 3300, la cuadra de mi casa. Salgo al balcón intuyendo de qué se trataba. Un tipo, desde un piso 12 usaba un megáfono y vociferaba: “devolvé la guita, chorra”. Las cacerolas encendidas por las cucharas, los cucharones y alguna sartencita quemada, batían el chan-chan clásico de los cacerolazos. De un salto pasé de C5N a TN y ahí comprendí el operativo “volvimos”. Me senté frente a la compu y en dos minutos comprobé el armado de los famosos trolls del macrista y ausente Marquitos Peña Braun, el bisnieto judío de un sabandija de la Patagonia.

Tengo que reconocer que me desesperé. No imaginaba que iban a volver de esa manera.

Ahora les voy a contar que me parece todo esto, desde mi óptica de veterano en lides políticas argentas.

Es simple. El 93% de imagen positiva de AF, más la desdichada aprobación de Su Giménez y la aparición de notas con el título de los macristas que ahora adoran a Alberto, fueron suficiente para que se despertara en el núcleo Círculo Rojo o en la AEA (Asociación Empresaria Argentina), o los Chupasangre, que vieron en el discurso del domingo de AF una advertencia, una amenaza, un peligro.

La situación mundial, más la incertidumbre que provoca la epidemia o pandemia lleva a que se pase de un estado de susto en algunos casos, pánico en otros, voracidad en muchos.

Esta vez pienso que es muy difícil lograr empatía con los enemigos. Más de una vez imaginé que uno podía colocarse en el lugar de alguien que estuviera en las antípodas. No es posible. Para eso es necesario nacer en esta época, posiblemente.

Raúl Larra, que fue mi suegro, era un escritor prolífico, comunista militante, coherente con sus creencias y principios, me dijo una vez que el reformismo nunca iba a poder encontrar una solución a la desigualdad y a la explotación. Lo pienso muchas veces. Creo que el peronismo, fundador de un reformismo con pragmatismo político pudo dar muchas más soluciones a la desigualdad que otros partidos de izquierda y a movimientos revolucionarios. Pero el problema del peronismo que renace de sus cenizas cada vez que es necesario es que vuelve a ser vencido por la prepotencia, el poder económico y especialmente la capacidad de persuadir a la sociedad de una felicidad aparente, innecesaria pero ambicionada. La felicidad del tener sobre el ser. La idea de alcanzar metas en base a la competencia, la adversidad y el entusiasmo.

Volviendo a la realidad, me parece que la derecha neoliberal, explotadora y aprovechadora vuelve cuándo y cómo puede. La derecha en manos de empresarios que acumulan unos pocos la riqueza que producen los explotados, sin inexpugnables. Son como el escorpión que prefieren su muerte con tal de exterminar a su salvador. Creo que no hay capitalismo sin consumo y sin explotación. Viven de los que explotan. Si matan a los explotados, ¿qué les queda?

Cómo verán mi cuarentena de hoy es sintomática, política y quizás para algun@s anacrónica.

Conozco muy bien la sociedad del consumo. La estudie a fondo. Sé de las debilidades y las apetencias de las personas, eso que los marketineros llaman insights.

Estamos ante un momento histórico. Un tiempo de cambio. Posiblemente muchas muertes acompañen este ciclo. Posiblemente cambie el mapa del mundo. Quizás el capitalismo se reponga una vez más y renazca el imperio. Quizás también se llegue a un acuerdo y el reformismo intente la igualdad social. También es posible que aparezca un nuevo intento revolucionario, diferente a los anteriores que nos lleven a uno o más siglos de igualdad, libertad y justicia.

Nos vemos.