Diario de Cuarentena (3)

Mirando la vida pasar.

Marcelo Cosin

Para saber que pastillas debía tomar tuve que fijarme en el celular que día era. Como ya había pasado la medianoche en el celu estaba escrito sábado 28 de marzo. Casi me tomo las del sábado y las que me tocaban eran las del viernes. Así terminaba mi decimo tercer día de cuarentena. Qué lo parió, si me permiten.

En la tarde de ayer (viernes 27 de marzo de 2020) hable con dos amigos largo rato. Con H.B la charla se deslizó con tristeza, humor y repeticiones. ¿Te estás cuidando?, ¿cómo andás del EPOC? ¿Si necesitás algo cómo hacés? Y él a su tiempo: No te quedés sentado, seguí escribiendo, dale saludos a Lucy.

Con Pedro fue diferente. Nos conocemos desde la época en que los dos formábamos parte del Grupo Esmeralda, una especia de task force del subdesarrollo durante el gobierno de Raúl Alfonsín, ahí por los años 80, cuando éramos jóvenes e impetuosos y Stubrin, Jesús Rodriguez, Fredy Storani, Stulman y otros de la Coordi comandada por el Coti Nosiglia, levantaban las banderas de socialismo de Felipe González y de la Francia de Mitterand y todos leíamos las cartas que Fabius le mandaba al presidente. (Ahora causa gracia, pero era tal cual lo escribo)

Abrevio: con Pedro el tema fue que en las villas y en los conglomerados del gran Buenos Aires nadie se puede lavar las manos 30 veces por día porque la canilla más cercana está a una cuadra y la cola para llenar el tacho es de 30 personas.

No tenemos nada que hacer y entonces se nos ocurren ideas brillantes tales como aprovechar las circunstancias de un nuevo orden mundial para expropiar Edenor, Edesur, tomar las fábricas de alimentos, nacionalizar la banca y si es posible dar por finalizadas las negociaciones con los bonistas, con el FMI y proclamar la Argentina Sanmartiniana, soberana, nacional y popular.

¿Te gusto el chiste? Bueno, una de esas, mejor que guardes está crónica de la cuarentena y la vuelvas a leer en un par de años. Si es que en un par de años todavía se va a seguir leyendo.

Salgo al balcón. Vivo sobre la calle Charcas, en esas cuadras en que Charcas se vuelve ancha y que muchos le dicen Boulevard Charcas. Vivimos (con Lucy, con quién me casé hace menos de un año después de un noviazgo de 38) en un piso 12 con un balcón muy amplio y como es un duplex, encima tenemos una terraza con parilla y todo, en la que en nueve años hicimos dos asados). Vivimos, retomo, en ese departamento con balcón desde el que es posible en plena cuarentena observar que hacen los vecinos.

Justo en frente un pelado con físico de atleta que debe andar en los cincuenta y pico, toma sol, sentado en una reposera, que coloca justo en el medio de su terraza. A la izquierda, para el lado de Coronel Díaz, en el edifico más paquete, una pareja de viejitos se sienta en las sillas de hierro, cada una a un lado de la mesita, también de hierro, y se pasan horas sin abrir la boca, sin leer un libro. Nada. Se quedan quietos mirando al frente. Horas. En el balcón de debajo de los viejitos un papá joven corre al nene de unos tres años que salen por una puerta y entran por la otra. Hasta que el nene se cae y la mamá salé a ver qué pasó y le dice al marido que se deje de joder corriendo con el nene como un pelotudo. La verdad, eso no lo escuche, pero mi imaginación da para decodificar esa escena familiar.

Una cosa que me impresiona de la cuarentena es el silencio. Hay un silencio de domingo a las 9 de la mañana. No se escucha ni mu, diría mi mamá Adela, que se murió en el 86. (Me vino a la memoria el dato). Les voy a contar una fantasía que dejé correr hoy a la mañana después de leer algunos diarios de afuera. Pensé…y si de repente se corta la luz. Qué pasa si no hay luz, por ende no hay agua, no hay tele, ni Flow, ni internet. ¿Qué es peor? También imaginé que por la Avenida Santa Fe aparecía una multitud de pobres e indigentes que arrasaban con Carrefour, Disco, Coto y forzaban las puertas del Shopping Alto Palermo, entraban a la enorme tienda de Nike y se llevaban todas las zapatillas, los shorts y las remeras. Pensé en las vidrieras rotas de Zara y las pibas metiendo en sus mochilas todo, polleritas, blazers, cinturones finitos. Imaginé al dueño de Yagmour suicidándose. ¿Qué podría pasar con los celulares Samsung en las estanterías y depósitos de Claro?. Me acorde de los chicos y las chicas de Colombia, Venezuela y de otros paraísos que trabajan en los boxes de Claro, sin trabajo, sin plata, sin comida.

Basta.

Prefiero pensar en la próxima crónica en la que les hablaré de una serie que pronostica todo lo que estamos viviendo. Se llama Years and Years, está en Netflix, que por ahora no es gratis, hasta que no la expropiemos.

Buen sábado.

Diario de Cuarentena (2)

Presagios

Viernes 27 de marzo de 2020, año de la Pandemia.

Marcelo Cosin

Dormí mal.

En general me duermo con la radio hablándome a los oídos a través del audífono y muchas veces no sé si estoy escuchando o soñando e inclusive no sé si en lugar de un sueño es una película o una serie que sigue en el televisor que no apagué antes de dormirme.

Es complicado, pero es así.

Hoy es el día 12 de mi cuarentena.

Me desperté lleno de malos presagios. Algunos de ellos ridículos. Por ejemplo que si me quedo sin las pilas que uso habitualmente (Rayovac) – que son muy buenas y mucho más baratas que las Duracell – no voy a poder comprarlas en el local de electrónica que está en Bulnes y Charcas porque está cerrado por cuarentena.

Creo que semidormido escuche en la AM750 que un 80% de la población mundial puede estar infectada por el coronavirus en menos de un año. Tampoco puedo asegurarlo porque antes de dormirme pensé en esa misma cifra y posiblemente el dato sea incierto o producto de mi vida consciente que en el sueño se transforma en un mero hecho onírico que tiene más que ver con mis fantasías de muerte que con la adorad@ Eros.

Estoy viendo una serie que se llama Algo en que creer, recomendada por mi amigo Edu Szvetelman. Es una serie danesa que te involucra en el pensamiento religioso plagado de corrupción, hipocresía y falsedad.

¿Soy ateo, agnóstico o no tiene importancia lo que uno cree ser? Lo dejo a consideración de cada un@ de ustedes que ya deben estar con tiempo suficiente para reflexionar acerca de ideas tan poco productivas. Podemos discutirlo, de todas maneras, ya que tiempo tenemos.

Cuando miro por el balcón de mi estudio y me complace ver entrar el sol y distinguir a lo lejos el sur de la ciudad, me doy cuenta de que tengo un privilegio dentro del encierro. ¿Cómo será la cuarentena en las villas, en el Fuerte Apache, en las cercanías de la estación Moreno, en las filas de laburantes en Constitución que tienen el pase por trabajar en la industria de la alimentación, la salud o similares? Es una imagen horrible y que genera una impotencia difícil de soportar.

Ayer a la noche, después de ver la serie, a la una y pico de la madrugada entré a Facebook a ver qué onda y encontré que un viejo amigo, a quién conozco hace más de sesenta años, postea fake news a patadas en contra de este gobierno que se banca como puede salir adelante con todas las barajas en contra. ¿Es posible? Siempre admiré su capacidad profesional (es médico y psicoanalista), culto, viajado, y un poco más grande que yo. (Debe tener 80). Está bárbaro de pinta y me imagino de guita. ¿Les pasa algo o será cierto que la vejez a veces deforma la sensibilidad?

La cuarentena lo vuelve a uno (no sé si a vos te pasa) historiador, melancólico, reflexivo. Hacía tiempo que no revisaba viejos papeles, viejas fotos, viejos objetos. Ahí estaba mi carnet de Atlanta de los 11 años, peinado con jopo a lo Tucho Méndez, la foto de mi mamá en malla enteriza a los 35 años, la fotito chiquita tamaño carnet de mi abuela Rosa cuando mi abuelo salomón la hizo socia adherente del Sindicato del Vestido. Una libretita comprada en Montevideo, con rayas naranjas en diagonal en la tapa con notas de ideas para escribir, del año 1982.

Mis radios Sony que se arruinaron, el manual del video reproductor Panassonic, la credencial de Medicus del 90 y también las fotos que trajo mi abuela de esa aldea cercana a Kiev en un cajoncito de madera que hizo su papá que era carpintero y yo todavía la tengo. Ahí guardo fotos, slides, tarjetas de cuando era ejecutivo de publicidad.

La cuarentena da para todo.

Mañana, seguimos, si Trump, Bolsonaro y sus socios no deciden que mejor es mandarle un misil al pobre de Maduro que se las come todas como si fuera el verdadero culpable de la pandemia.

Saluete.

Diario de Cuarentena (1)

Marcelo Cosin

La fiebre..

Mi cuarentena empezó el domingo 15 de marzo. Hoy hace 11 días. La última vez que estuve recluido tanto tiempo fue en 1956. Tenía 15 años y tuve una neumonía. Fueron 21 días de estricta cama. En esa época la penicilina era genérica y la enfermedad era grave. La televisión empezaba a las seis de la tarde y terminaba a las 11 de la noche. De 6 a 7 había dibujos animados del Pato Donald, de Mickey y Dippy. Leía Rayo Rojo, Intervalo, Billiken y Radiolandia. Mi hermano Juan me regaló el Jorobadito y otros cuentos de Roberto Arlt, de Editorial Losada. También leí El Lobo estepario de Hermann Hesse, leí poesía, especialmente Neruda, Whitman, César Vallejos. Leí El Aleph de Borges. Leí cuentos de Martínez Estrada, especialmente La Tos. (es el que me acuerdo). Escuchaba Radio Excelsior, a la noche. Como mi mamá trabajaba y mi papá había aprovechado la circunstancia para irse de casa (siempre tan oportuno) a mí me cuidaba una vecina de la cual me enamoré. No me acuerdo como se llamaba, pero sí cómo era. Era una “viejita” de unos 30 a 35 años que me “higienizaba” con unas toallas húmedas, alcohol y una colonia que me acuerdo se llamaba Franco-inglesa. Generalmente la fiebre me subía alrededor de las seis de la tarde y era cuando la vecina me aplicaba las toallas húmedas, me friccionaba con alcohol, me abrazaba tiernamente y yo ardía de pasión. Una noche se apiadó de mí y fue la fiebre más importante de mi vida.

Esa fue una cuarentena de la adolescencia y ésta, la de ahora, es la segunda. Mucho menos excitante, por supuesto.

Casi 64 años después de esa cuarentena juvenil, vuelvo a estar recluido, sin fiebre, pero también sin nietos, sin bisnieta pero con la ayuda de Netflix, Cablevisión, Facebook y otras redes, los e-books, los libros en papel que abundan en mi biblioteca, el uso intensivo de WhatsApp, y el mejor invento de los juegos on line: el scrabbel digital. (continuará)