Crónicas Publicitarias. Ernesto Savaglio: alcanzó las estrellas.

Liliana Lampuri era secretaria de cuentas de J.W.Thompson. Hacia muy poco había egresado con el título de licenciada en publicidad en la Universidad de El Salvador. Ella me habló de un compañero suyo: Ernesto Savaglio.

Transcurría el año 1984. Yo estaba por cumplir 43 años y había cumplido un sueño: ser uno de los elegidos para ayudar a Raúl Alfonsín a ser presidente de la Argentina.

Trabajaba como director creativo en la agencia número 1 del mundo, tenía a mi cargo las cuentas internacionales más prestigiosas y al mismo tiempo colaboraba ad honorem con una causa social y política: volver a la democracia.

Liliana me habló de Ernesto. Quiere trabajar en una agencia. Es muy creativo. Me pide que le des una oportunidad. Quiere conocerte.

Ernesto tenía 25 años y un título de licenciado debajo del brazo. Me dejó tres textos. Uno estaba escrito con caligrafía de un chico de cinco años y contaba que era caprichoso y se le había antojado trabajar en publicidad y que seguramente iba a ser un creativo famoso.

El otro texto estaba firmado por el padre. Me recomendaba tomar a Ernesto porque tenía sangre italiana (como él), era trabajador y terminaba diciendo que los padres nunca se equivocan.

Del tercer aviso, no me acuerdo. Pero seguro era muy bueno.

Le dije que me estaba yendo de la agencia. Que seguramente iba a tener una agencia propia o algo por el estilo y que no me iba a olvidar de él.

El primer trabajo de Ernesto.

En abril de 1984 me asocié con Oskar y Carlos Blotta y Pedro Ferrantelli para fundar Neurona Group, una consultora en creación y publicidad que atendía las cuentas de editores Asociados, las revistas Satiricón, Emanuel y la construcción de nuevas marcas, como Buena Salud.

Puedo darte trabajo, pero no tengo sueldo. Apenas viáticos. Ernesto aceptó y esa noche festejó con su papá, con un asado en Villa Adelina.

Poco tiempo después la agencia de medios Bernini y Valentini nos contrató para encargarnos de la creación de sus clientes de medios. Entre esos clientes estaba Angelo Paolo.

En poco tiempo, Ernesto dejó la agencia y aceptó un empleo que le ofrecía Víctor Moczel para hacerse cargo directamente de la publicidad de la marca Ángelo Paolo.

Así nació Angelo Paolo, Visto in Italy. Poco después el mejor aviso de venta de productos aprovechando una circunstancia de mercado: cuando todas las casas de ropa de hombre colocaban en la vidriera un cartel que decía “no se aceptan tarjetas de crédito”, Víctor Moczel hizo una jugada audaz. Mantenía los precios y aceptaba tarjetas de crédito. Ernesto hizo un aviso espectacular: mostraba la parte trasera de una tarjeta de crédito y el título era “Es de plástico. Hágala de goma”.

Savaglio adulto.

Después vino Carrefour y los “huevos por el piso”, los profilácticos A, el amarillo de Macri, el naranja de Scioli y la + de Massa y cientos de avisos y comerciales y creación de marcas.

Savaglio amaba a su papá. Él decía que su papá se había muerto joven pero que había luchado mucho. Ernesto quería triunfar. Quería ganar plata, ser famoso, tener una familia, salir en las revistas.

Consiguió todo.

Hace poco me dijo que pese a hacer tres veces por semana diálisis no dejaba de trabajar un solo día.

No solo sabía hacer avisos. Ernesto resultó ser un empresario eficiente. Conseguía entrevistas y sabía cerrar tratos.

A veces lo ayudé y él sabía reconocerlo.

Al poco tiempo de dejar Angelo Paolo y montar su agencia en la Avenida Pueyrredón vino a verme a mi estudio.

“Me llamaron de Carrefour”. Tengo que hacer una presentación de credenciales. No se que son las credenciales. ¿Me podés ayudar”.

Le dije que las credenciales eran, seguramente, las campañas que había hecho para AP. Con criterio me contestó que no le parecía suficiente. Que necesitaba algo a su manera para impactarlos.

Le di una idea con la cual ganó la cuenta. Y Ernesto lo cuenta en algunas entrevistas:

No lleves nada. Ni una sola carpeta. Sacá del bolsillo cinco papelitos arrugados y deciles que cada uno de esos papelitos tiene un problema de comunicación que Carrefour tiene que solucionar. Los lees. Eso sí, tenés que pensar bien en esos cinco problemas, que causen el impacto en el cliente. Que piensen este tipo sabe nuestro problema. De otro bolsillo sacás otros cinco papelitos, pero de otro color, hechos bollitos. Y decís acá tengo las soluciones para esos cinco problemas. Y te quedás mirando sin abrir la boca. Cuando te pregunten cuáles son las soluciones, haces un silencio y contestás: “para eso es necesario que me den la cuenta”.

Así fue. Hizo grandes avisos para Carrefour. No solo Tenemos los huevos por el piso.

Ernesto ya no está y estoy muy dolido. Era como un hijo. Estoy seguro de que como decía Leo Burnett, intentá alcanzar las estrellas y si no llegás, al menos no te embarrarás las manos.

Ernesto llegó a las estrellas.

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