Crónicas no aptas para menores de sesenta.(Cortas, más o menos verdaderas)

Marcelo Cosin

El Plus Ultra era un bar. No era un café de esquina, era un bar. Una idea que aparecía en Buenos Aires: el bar americano. Un largo mostrador, con hileras de tres mesas. Una mesa contra la pared, una al medio y otra cerca del mostrador. Por supuesto que no tenía mesas en la calle, pero si una mesa en la misma entrada. En esa mesa se juntaban los muchachos de la barra del “ultra”.

El Plus Ultra estaba sobre la avenida Corrientes, al lado de El Cafetal, casi esquina Canning, la que hoy es Scalabrini Ortiz.

Al lado del Plus Ultra estaba uno de los kioskos de la familia Carucchia, atendido por los mellizos Carucha, jorobados, feos y malhumorados. En frente al Plus Ultra, siempre sentada en una silla alta, estaba “la gorda” atendiendo la librería. A la gorda la ayudaba su hermana Ana. Ahí comprábamos los diarios íntimos con candado que regalábamos sistemáticamente cada vez que teníamos un cumpleaños de quince.

La barra del Ultra tenía lo que hoy llamaríamos “códigos”. Los principales de la barra se sentaban en lugares fijos, modelo que seguramente tomó Sofovich para Polémica en el Bar. El primero en llegar cada mediodía era el Turco Alberto. Se sentaba en la silla que daba a la calle y acompañaba el café encendiendo un Chesterfield sin filtro, importado, que compraba de contrabando en la peluquería de Velazco y Malabia, al lado del Mercado.

Al rato llegaba el gordo Hugo que fumaba Saratoga, y se quedaba apenas un rato porque tenía que entrar a la una a trabajar en Gas del Estado. Que decís, Turco, cómo andás Gordo. Viste lo que pasó con la Junta Consultiva, interrogaba Mauri mientras se acomodaba en una silla al lado del Turco. La Junta Consultiva era la que asesoraba al gobierno cívico militar de Aramburu que era el que había sustituido al General Lonardi tres meses después de la Revolución Libertadora.

En menos de cinco minutos la mesa que daba a la entrada del Plus Ultra sobre la Avenida Corrientes estaba colmada. Se habían sentado a la mesa Rojas, Morris, Tito Maglio, el Turco Jorge, el ruso García, Arnoldo el de la nariz torcida.

Cuando ya no quedaba lugar alrededor de la mesa se incorporaban otros en un segundo círculo de sillas. Todos fumaban. Todos tomaban café. Alguno siempre pechaba fasos y otros siempre pedían págame el café que no tengo un mango.

¿De qué se hablaba en el Plus Ultra esos mediodías?. De política, de percances, de dramas del barrio. De minas, milongas y salidas, estaba reservado para los viernes y sábados, sobre todo, antes de armar el plan. También lo mejor del Ultra eran las historias que se contaban a la madrugada cuando los muchachos se juntaban para terminar el día.

En el Plus Ultra también hubo muertes, afanos, peleas y algunos que lloraron la pérdida o el abandono de alguna mina.

Eso sí, en el Plus Ultra, nunca hubo una traición. Y si la hubo, de eso no se habla.

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